14 julio 2006

Puritico egoísmo del bueno

Lean este artículo y luego guárdenlo en el caché del Explorer porque reproduzco algo cierto: el cabezazo de Zizou, ese que se internó en el costillar de Materazzi, es una contundente plasmación del interés común.

Yo no se lo digo, no estoy tan tonto, ella tampoco; pero seguro que ella lo piensa. Mi chica, en momentos de relax, parece querer decir algo así como que “tú me quieres para lo que me quieres”. No me refiero a eso, que para eso ya nos queremos los dos suficientemente. Se refiere a que ella me sirve de mucho: de apoyo, confidencia, consejo y secreto. Se refiere a que para mí es una acompañada vía hacia la felicidad o, cuando menos, hacia la confianza y el bienestar. Vamos, que me llama podrido egoísta entre melosas palabras. Cosas del amor.

Ah, pero cuando la cosa deriva hacia ese tema yo le salgo con el dogma propio: “el altruismo no existe, todos somos egoístas”. Ella frunce el ceño, me considera todavía más tonto y de cachondeo salva a la humanidad con algo así como “¿Gandhi también?” . Pues Gandhi también, Celia. El que más.

Hablemos de ello siguiendo a Gonzo, pero empecemos por dejar de llamarlo egoísmo, que es un adjetivo inventado para juzgar acciones, y yo estoy hablando de motivaciones. Quizá debería hacer como Hobbes y llamarlo “amor o interés propio”. Después de todo a nadie gusta que nos llamen egoístas, que nos insulten. Así pues, olvidemos de ahora en adelante tan funesto término, raíz de todos los problemas de la humanidad junto con la aparición de la minifalda.

Con las cosas claras, lo repetiré una vez más: todo el mundo actúa en interés propio y con la búsqueda de la propia felicidad como brújula en cada cruce de caminos. Esa es la única motivación personal que conozco. Si alguien conoce otra, estaré encantado de considerarla.

Empecemos tomando tres personas: una decide colaborar en un centro de asistencia a toxicómanos de su localidad, otra se va a Angola a facilitar ayuda alimentaria y la tercera se marcha a Sierra Leona (doce disparos de fusil de asalto por minuto) a ejercer su carrera de medicina. Decir que existe el egoísmo puro y diferenciado del altruismo es como decir que la buena persona de Sierra Leona es la más altruista de las tres porque es la que más se juega el tipo. Que sí, que sí, que todos son ejemplos de trabajo hacia los demás, pero oiga, las matemáticas de la abnegación no engañan.

Establecer competiciones de altruismo no tiene mucho sentido, como tampoco lo tiene juzgar el egoísmo como un componente ajeno al altruismo. Conocemos las acciones de los demás, pero no conocemos los motivos que les empujan a emprender esas acciones. En semejantes circunstancias, atreverse a juzgar los actos de los demás como altruistas o egoístas es algo sólo imaginable para el ser humano.

Vayamos al cabezazo de Zidane: por mucho que el italiano le dijera tal y cual, lo único cierto es que difícilmente sabremos lo que pasó por la cabeza pelada de Zinedine y cuáles fueron los motivos que le llevaron a tomar semejante decisión. La acción puede ser juzgada como reprochable o incluso aplaudible (a todos nos gusta dar veredictos), pero lo que está claro es que el francés tomó la decisión que en ese momento le hizo más feliz. Durante un momento la satisfacción de propinar un cabezazo compensó la frustración de dejar el mundial por la puerta de atrás. No estoy celebrando ni censurando la acción, en este momento sólo estoy diciendo que en algún punto la gloria del mundial dejó de ser tan atractiva como la posibilidad de hundirle los cuernos en el costillar al italiano. Lo que pasa por la cabeza de la gente es, de momento, patrimonio exclusivo de ellos mismos.

Por eso, cuando hablo de que alguien se marcha a incómodos lugares a realizar arduas tareas, no estoy juzgando la acción, ya que todos estaremos de acuerdo en que es una demostración de trabajo para los demás, simplemente digo que esa persona ha tomado en ese momento, y entre todas las posibilidades disponibles, la que más feliz le hacía.

Los motivos por los que alguien decide mojarse se me antojan infinitos: puede estar aliviando su rabia hacia las injusticias; puede tratar de ser un modelo reconocido entre los que le rodean; puede querer ganarse el cielo; o puede que simplemente esté huyendo de su trabajo, familia y futuro. La acción puede parecer altruista, pero las motivaciones que la soportan albergan diferentes grados de algo que llamamos egoísmo.

Así pues, no se puede dividir alegremente el mundo en personas altruistas y egoístas, sino que lo que etiquetamos son acciones fruto de intereses personales que muchas veces desconocemos, pero que en definitiva responden al elemental impulso de apetencia. Otra cosa es que esa apetencia de felicidad personal pase por ayudar o joder a los demás, pero ese es otro tema.

PD.: Si me llego a enterar antes de que Ramón Tamames viene este sábado a Villena les hago un artículo, a ver si la semana que viene lo apaño.

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