13 noviembre 2006

La cabra: Una provocación inteligente

Follarse una cabra no es algo nuevo, aunque siempre se haya vinculado a la soledad y aislamiento de pastores y hombres rurales. Lo realmente trasgresor pasa por detonar el tabú del bestialismo en el núcleo de una familia bienpensante y bien posicionada, situada precisamente en el límite de la tolerancia que Edgard Albee trata de reventar con su magnífico texto.

Martin, el protagonista de la obra representada el sábado en el Teatro Chapí, no se beneficia a una cabra: realmente la ama, desea estar con ella y su primer encuentro lo describe como una “epifanía o revelación” que dio lugar al amor que "inevitablemente conduce al sexo". Pero no nos detengamos demasiado en ello: el amor caprino es un recurso de Albee para crear la expectación y resonancia necesarias para aquello que realmente quiere cuestionar: la estructura familiar y el modelo de sociedad que ésta fomenta. Todo ello pulsando desde el humor las fibras más sensibles de nuestros prejuicios y sentimientos. Eso sí, no se equivoquen: “La Cabra” es una tragedia absoluta.

Tragedia

Albee desarrolla exquisitamente en tres actos una tragedia tan insalvable como las que urdían los griegos, esas en las que no hay vuelta atrás, esa que ilustra el comportamiento humano a través del lenguaje y sus sutilezas. Los juegos de palabras y las situaciones intelectualmente ingeniosas conforman el vínculo que ha unido a Martin y a su mujer Stevie durante más de 20 años. El humor y la fina ironía han sido la base de su estable relación y desde esta complicidad que les une y con la que nos obsequian en el primer acto afrontan los dos no ya lo inesperado, sino lo irremediable por inexplicable. Martin, un arquitecto de prestigio, un tipo culto y puntilloso con el uso de las palabras, no logra hacerse comprender. Stevie, tan culta como él, no puede digerir lo que está pasando. Junto a ellos, otros dos personajes de apoyo sustentan la trama: Ross, amigo de la infancia -seguramente envidioso de la buena fortuna de Martin- sirve para destapar el pastel, y Billy, el hijo adolescente cuya condición homosexual nos orienta sobre la tolerancia de sus padres.

Josep Maria Pou es Martin y es también el autor de la versión, el director del montaje y su coproductor. Puede que sean demasiadas teclas todas las que toca para dar con el grito claro y punzante de Albee, pero lo cierto es que hay una gran interpretación de conjunto y la atinada dirección de Pou se apreció especialmente en la representación de Mercè Arànega (Stevie), quizás el papel más histriónico y variado, puesto que se trata de una mujer estable, sensible e inteligente y, a la vez, de la esposa que se siente traicionada como enamorada y compañera. Con esos requisitos ciertamente se advierte la dificultad de defender unos personajes que navegan desde la estabilidad a la bestialidad, lo que les hace, en ocasiones, caer en la sobreactuación.

Los límites de la tolerancia

Albee, en el estreno de su obra hace sólo tres años, se descolgó con esta coquetería: “Finalmente –dijo- he escrito la obra que me expulsará del teatro americano”. Era como proclamar que, a sus ochenta años, sigue en pie de guerra y que esta es su más avanzada travesura. Ciertamente la obra del sábado más que entretener o emocionar, consigue conmocionar al espectador, tambaleando vilmente, a través del humor, sus convicciones y límites.

El publico se imbuye así en la finalidad última de Albee: explorar los límites de la tolerancia, utilizando para ello el forzamiento máximo de una relación amorosa: ¿qué pasa en una pareja si uno de los dos comete una barbaridad extrema?, ¿qué capacidad de tolerancia tiene el otro?. En definitiva, como dijo Pou, se trata de averiguar si es cierto eso de que el amor lo perdona todo.

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